1 Corintios 1,10

"Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio."
1 Corintios 1,10
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Los milagros

El milagro es un hecho extraordinario no explicable por las leyes de la Naturaleza que manifiesta la intervención, la huella, de Dios, confirmando una actuación santa, mostrando la misericordia, la providencia o la justicia de Dios, confirmando como venidos de Dios unos hechos o unas palabras, o para cualquier otro fin bueno, ya que todo lo que viene de Dios es bueno. El milagro mayor no es el físico sino el interior, el del corazón, el de las conversiones y las gracias espirituales. Hay santos que nunca hicieron ningún milagro, como por ejemplo Santa Teresita del Niño Jesús, que sin embargo fue una gran santa en su sencillez.

Y pueden ocurrir hechos extraordinarios que superen las leyes de la Naturaleza que no procedan de Dios, sino de intervenciones diabólicas, pero entonces nunca vendrán acompañadas de santidad, ni de misericordia, ni de justicia. La posibilidad de que las fuerzas del mal hagan "señales y prodigios" viene confirmada por la Biblia (San Marcos 13, 22) que hablando de los días en que habrá una tribulación tal como no la hubo desde el principio de la Creación, nos dice "Porque se levantarán falsos mesías y falsos profetas y harán falsas señales y prodigios para inducir a error, si fuera posible, aun a los elegidos".

Pongamos un ejemplo de milagro auténtico: Una mujer, Teresa Munné, de un pueblo de Tarragona, sufría mucho por una enfermedad mortal que le produjo un gran agujero en la espalda y que los médicos diagnosticaron como un tipo de cáncer de huesos incurable. Esta mujer aceptaba el sufrimiento y lo ofrecía por la conversión de sus hijos y de su marido que no creían. Dice ella que no pedía su curación, sino la fe para sus familiares. Y fue a Lourdes y se curó completamente, después de sumergirse en la piscina de agua: el agujero de la espalda se le llenó de carne nueva, y a raíz de ello sus hijos creyeron (su marido ya había vuelto a la fe debido a un hecho también prodigioso). En este caso hay una actuación santa, la de esta mujer que acepta el sufrimiento y lo ofrece para que sus familiares crean, no pidiendo ni siquiera su curación y un hecho extraordinario - su curación - que rebasa las leyes de la Naturaleza (ningún médico valorará como normal que en un abrir y cerrar de ojos un agujero del cuerpo se llene de carne nueva) y que sirve a la vez para lograr lo que ella pedía al Señor a través de la Virgen María: sus hijos al ver el milagro creen:

Este es un auténtico milagro porque confirma una actuación santa y es una muestra de la misericordia de Dios tanto para el cuerpo de Teresa como para las almas de sus hijos. (En cambio, si un hecho extraordinario sirve para respaldar una actuación o una doctrina malvadas podemos estar seguros de que no es tal milagro, de que no viene de Dios, sino del demonio, caso de ser verdaderamente un hecho extraordinario).

Padre Nuestro -Original en Arameo- (Parte II)

(Viene de Padre Nuestro -Original en Arameo- (Parte I))
LAS SIETE PETICIONES

¿Cómo está compuesta la oración del Señor? (CEC 2803-2806; 2857)

La oración del Señor contiene siete peticiones a Dios Padre. Las tres primeras, más teologales, nos atraen hacia Él, para su gloria, pues lo propio del amor es pensar primeramente en Aquel que amamos. Estas tres súplicas sugieren lo que, en particular, debemos pedirle: la santificación de su Nombre, la venida de su Reino y la realización de su voluntad. Las cuatro últimas peticiones presentan al Padre de misericordia nuestras miserias y nuestras esperanzas: le piden que nos alimente, que nos perdone, que nos defienda ante la tentación y nos libre del Maligno.

¿Qué significa “Santificado sea tu Nombre”? (CEC 2807-2812; 2858)

Santificar el Nombre de Dios es, ante todo, una alabanza que reconoce a Dios como Santo. En efecto, Dios ha revelado su santo Nombre a Moisés, y ha querido que su pueblo le fuese consagrado como una nación santa en la que Él habita.

¿Cómo se santifica el Nombre de Dios en nosotros y en el mundo? (CEC 2813-2815)

Santificar el Nombre de Dios, que “nos llama a la santidad” (1Ts 4, 7), es desear que la consagración bautismal vivifique toda nuestra vida. Asimismo, es pedir que, con nuestra vida y nuestra oración, el Nombre de Dios sea conocido y bendecido por todos los hombres.

¿Qué pide la Iglesia cuando suplica “Venga a nosotros tu Reino”? (CEC 2816-2821; 2859)

La Iglesia invoca la venida final del Reino de Dios, mediante el retorno de Cristo en la gloria. Pero la Iglesia ora también para que el Reino de Dios crezca aquí ya desde ahora, gracias a la santificación de los hombres en el Espíritu y al compromiso de éstos al servicio de la justicia y de la paz, según las Bienaventuranzas. Esta petición es el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22, 20).

¿Por qué pedimos “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”? (CEC 2822-2827; 2860)

La voluntad del Padre es que “todos los hombres se salven” (1Tm 2, 4). Para esto ha venido Jesús: para cumplir perfectamente la Voluntad salvífica del Padre. Nosotros pedimos a Dios Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo, a ejemplo de María Santísima y de los santos. Le pedimos que su benevolente designio se realice plenamente sobre la tierra, como se ha realizado en el cielo. Por la oración, podemos “distinguir cuál es la voluntad de Dios” (Rm 12, 2), y obtener “constancia para cumplirla” (Hb 10, 36).

¿Cuál es el sentido de la petición “Danos hoy nuestro pan de cada día”? (CEC 2828-2834; 2861)

Al pedir a Dios, con el confiado abandono de los hijos, el alimento cotidiano necesario a cada cual para su subsistencia, reconocemos hasta qué punto Dios Padre es bueno, más allá de toda bondad. Le pedimos también la gracia de saber obrar, de modo que la justicia y la solidaridad permitan que la abundancia de los unos cubra las necesidades de los otros.

¿Cuál es el sentido específicamente cristiano de esta petición? (CEC 2835-2837; 2861)

Puesto que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4), la petición sobre el pan cotidiano se refiere igualmente al hambre de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo, recibido en la Eucaristía, así como al hambre del Espíritu Santo. Lo pedimos, con una confianza absoluta, para hoy, el hoy de Dios: y esto se nos concede, sobre todo, en la Eucaristía, que anticipa el banquete del Reino venidero.

¿Por qué decimos “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”? (CEC 2838-2839; 2862)

Al pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos ante Él pecadores; pero confesamos, al mismo tiempo, su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los sacramentos, “obtenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14). Ahora bien, nuestra petición será atendida a condición de que nosotros, antes, hayamos, por nuestra parte, perdonado.

¿Cómo es posible el perdón? (CEC 2840-2845; 2862)

La misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros sabemos perdonar, incluso a nuestros enemigos. Aunque para el hombre parece imposible cumplir con esta exigencia, el corazón que se entrega al Espíritu Santo puede, a ejemplo de Cristo, amar hasta el extremo de la caridad, cambiar la herida en compasión, transformar la ofensa en intercesión. El perdón participa de la misericordia divina, y es una cumbre de la oración cristiana.

¿Qué significa “No nos dejes caer en la tentación”? (CEC 2846-2849; 2863)

Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación. Pedimos al Espíritu saber discernir, por una parte, entre la prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación, que conduce al pecado y a la muerte; y, por otra parte, entre ser tentado y consentir en la tentación. Esta petición nos une a Jesús, que ha vencido la tentación con su oración. Pedimos la gracia de la vigilancia y de la perseverancia final.

¿Por qué concluimos suplicando “Y líbranos del mal”? (CEC 2850-2854; 2864)

El mal designa la persona de Satanás, que se opone a Dios y que es “el seductor del mundo entero” (Ap 12, 9). La victoria sobre el diablo ya fue alcanzada por Cristo; pero nosotros oramos a fin de que la familia humana sea liberada de Satanás y de sus obras. Pedimos también el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo, que nos librará definitivamente del Maligno.

¿Qué significa el “Amén” final? (CEC 2855-2856; 2865)

“Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por medio de este Amén, que significa “Así sea”, lo que contiene la oración que Dios nos enseñó”

(San Cirilo de Jerusalén).

Padre Nuestro -Original en Arameo- (Parte I)

La oración del Padre Nuestro es única ya que N.S. Jesucristo nos enseña a llamar a Dios ,Padre, y pues es claro que desde el principio la Iglesia a sido la guardiana de preservar todas las verdades reveladas por Dios.
Actualmente anda circulando en muchas partes versiones "alternativas" del Padre Nuestro, que tienen influencias de New Age, budismo, yoga y panteismo, que no tiene nada que ver con la verdadera traducción del Arameo al Griego, Latin y posteriormente a todos los demás idiomas, piensan que el decir una mentira muchas veces lo convertirá en verdad, pero no es así.
Supuestamente en una piedra de marmol blanca hallada en el huerto de los Olivos se encontró la verdadera traducción, que difiere de la original consignada en los Evangelios y que solo en su imaginación gnóstica y del new age existe, porque he tratado de buscar y corroborarlo y pues no hay datos ni pruebas reales, mas que un mito que se ha propagado por los medios esotéricos, pero que no tiene que ver con la verdadera oración del Señor.
Yo me pregunto dónde esta la dichosa piedra de marmol con el Padre Nuestro que dicen los de la New Age.

Pensemos lo siguiente, N.S. Jesucristo habló y predicó en arameo, fue la lengua en que seguramente pronunció esta oración, y cuando se empezó a difundir el Evangelio fue en Griego la lengua común del Mediterraneo.
El Evangelio se propagó por todo el mundo principalmente en Griego y Latín, idiomas que eran considerados de uso común, culto y universal por el mundo conocido en esa época situandonos en el siglo I d.C. durante el apogeo del Imperio Romano, ahora bien las traducciones que devinieron del Arameo-Griego-Latín, forzosamente se tuvieron que adaptar a otros idiomas y giros linguisticos, de filología y de sintaxis se vio adaptada en cada ocasión que se tradujo de Griego y Latin a otros idiomas, y para los que conocen de linguistica histórica, por eso hay pequeñas variantes que pareciera que se alejan de la interpretación original, pero es cuando las traducciones a otros idiomas no expresan la riqueza y toda la complejidad que una palabra en Griego ó Latin puede expresar a diferencia del Español, Ingles o cualquier otro idioma, finalmente nuestra versión castellana actual, reformada en la década del '90, por ejemplo al cambiar "deudas"(debita), que era literal del latín pero que en nuestros idiomas no tiene el amplio sentido que tiene en latín, por "ofensas", que se parece mucho al sentido latino de la palabra, y más todavía, al sentido de la palabra griega original. Lamentablemente, en los idiomas modernos es imposible expresar en una sola frase el doble sentido del último verso. En latín (malum)*, lo mismo que en griego (ponerós), la palabra que traducimos como "líbranos del 'mal'" quiere decir también 'El Malo', es decir, el Demonio, por lo que la frase dice -simultáneamente- "líbranos del mal" y "líbranos del Maligno":

En cuanto a la oración misma, la versión en Lucas 11,2-4, dada por Cristo en respuesta a la solicitud de sus discípulos, difiere en algunos detalles menores de la forma introducida por San Mateo (6,9-15) en medio del Sermón de la Montaña, pero claramente se ve que no existe razón alguna por la cual estas dos ocasiones deban ser consideradas como idénticas. Sería casi inevitable que si Cristo les enseñó esta oración a sus discípulos, tendría que haberla repetido más de una vez. Parece probable, a partir de la forma en que aparece el Padre Nuestro en la "Didajé",o "Liturgia de los Apostoles"(70 d.C.) que la versión en San Mateo fue la que adoptó la Iglesia desde el principio con fines litúrgicos. Nuevamente, no se le puede atribuir gran importancia a las semejanzas encontradas entre las peticiones de la oración del Señor y aquellas encontradas en oraciones de origen judío que se usaban en tiempos de Cristo. Ciertamente, no hay razón para tratar la fórmula cristiana como un plagio, pues en primer lugar las semejanzas son más bien parciales y, en segundo lugar, no tenemos una evidencia satisfactoria de que las oraciones judías hayan sido realmente de fecha anterior.

En la liturgia de la Iglesia, el Padre Nuestro ocupa un lugar preeminente, San Jerónimo afirmó (Adv. Pelag, III, 15) que "nuestro Señor mismo enseñó a sus discípulos que diariamente en el sacrificio de su cuerpo ellos deberían enfatizar el decir "Padre Nuestro..., etc". San Gregorio le otorgó al Padre Nuestro su lugar actual inmediatamente después del Canon y antes de la fracción, y era una antigua costumbre que toda la asamblea debía responder con las palabras "Sed libera nos a malo". En las liturgias griegas, un lector recita el Padre Nuestro en voz alta mientras que el sacerdote y la gente lo repiten en silencio. Además, en el rito del bautismo, el rezo del Padre Nuestro ha sido desde los primeros tiempos un rasgo relevante, y en el Oficio Divino aparece repetidamente además de ser recitado tanto al principio como al final.

Cabe resaltar que el texto más antiguo encontrado y conservado del "Padre Nuestro" es en Griego y esta a resguardo de la Iglesia Católica en la Biblioteca Vaticana, se trata del Papiro Bodmer XIV-XV o tambien conocido como P75 y es del Evangelio de Lucas y data de principios del siglo III d.C.

Veamos ahora que dicen el Evangelio según San Mateo (Mt 6,7-13):

7 Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles,

que se figuran que por su palabrería van a ser
escuchados.
8 No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe
lo que necesitáis antes de pedírselo.
9 «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás
en los cielos, santificado sea tu Nombre;
10 venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la
tierra como en el cielo.
11 Nuestro pan cotidiano dánosle hoy;
12 y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros
hemos perdonado a nuestros deudores;
13 y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del
mal.

Y según San Lucas (Lc 11,2-4):

2 El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre,
santificado sea tu Nombre, venga tu Reino,
3 danos cada día nuestro pan cotidiano,
4 y perdónanos nuestros pecados porque también
nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y
no nos dejes caer en tentación.»


En estos textos esta basado la oración del Señor o Padre Nuestro, veamos ahora algunas precisiones en cuanto idiomas.

LA ORACIÓN DEL SEÑOR: PADRE NUESTRO


Padre nuestro (Español)

Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoynuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Pater Noster (Latín)

Pater noster qui es in caelis:
sanctificetur Nomen Tuum;
adveniat Regnum Tuum;
fiat voluntas Tua,
sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum
quotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos
dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a Malo. Amen

Πάτερ ἡμῶν (Griego)

Πάτερ ἡμῶν ὁ ἐν τοῖς οὐρανοῖς,
ἁγιασθήτω τὸ ὄνομά σου•
ἐλθέτω ἡ βασιλεία σου•
γενηθήτω τὸ θέλημά σου,
ὡς ἐν οὐρανῷ καὶ ἐπὶ τῆς γῆς•
τὸν ἄρτον ἡμῶν τὸν ἐπιούσιον δὸς ἡμῖν σήμερον
καὶ ἄφες ἡμῖν τὰ ὀφειλήματα ἡμῶν, ,
ὡς καὶ ἡμεῖς ἀφίεμεν τοῖς ὀφειλέταις ἡμῶν•
καὶ μὴ εἰσενέγκῃς ἡμᾶς εἰς πειρασμόν,
ἀλλὰ ῥῦσαι ἡμᾶς ἀπὸ τοῦ πονηροῦ.

Doxologia en griego
[Ὅτι σοῦ ἐστιν ἡ βασιλεία καὶ ἡ δύναμις καὶ ἡ δόξα εἰς τοὺς αἰῶνας•]
ἀμήν.

Padre Nuestro Transliterado del Griego

Páter hemón, ho en tois ouranoís
hagiastheto to ónomá sou
eltheto he basileía sou
genitheto to thélemá sou
hos en uranói, kai epí tes ges
ton arton hemón ton epiousion dos hemín sémeron
kai aphes hemín ta opheilémata hemón
hos kai hemeís aphíemen tois opheiletais hemón
kai me eisenenkeis hemás eis peirasmón
allá rhusai hemás apó tou poneroú

Doxología transliterada

[Hoti sou estin he basileía, kai he dynamis, kai he doxa eis tous aionas],
amén

····························
Vale la pena resaltar del Catecismo de la Iglesia Católica(CEC) para profundizar sobre esto mismo

¿Cuál es el origen de la oración del Padre nuestro?
(Catecismo de la Iglesia Católica= CEC 2759-2760; 2773)

Jesús nos enseñó esta insustituible oración cristiana, el Padre nuestro, un día en el que un discípulo, al verle orar, le rogó: “Maestro, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). La tradición litúrgica de la Iglesia siempre ha usado el texto de San Mateo (6, 9-13).

“LA SÍNTESIS DE TODO EL EVANGELIO”


¿Qué lugar ocupa el Padre nuestro en las Escrituras? (CEC2761-2764; 2774)

El Padre nuestro es “el resumen de todo el Evangelio” (Tertuliano); “es la más perfecta de todas las oraciones” (Santo Tomás de Aquino). Situado en el centro del Sermón de la Montaña (Mt 5-7), recoge en forma de oración el contenido esencial del Evangelio.

¿Por qué se le llama “la oración del Señor”? (CEC 2765-2766; 2775)

Al Padre nuestro se le llama “Oración dominical, es decir “la oración del Señor”, porque nos la enseñó el mismo Jesús, nuestro Señor.

¿Qué lugar ocupa el Padre nuestro en la oración de la Iglesia? (CEC 2767-2772; 2776)

Oración por excelencia de la Iglesia, el Padre nuestro es “entregado” en el Bautismo, para manifestar el nacimiento nuevo a la vida divina de los hijos de Dios. La Eucaristía revela el sentido pleno del Padre nuestro, puesto que sus peticiones, fundándose en el misterio de la salvación ya realizado, serán plenamente atendidas con la Segunda venida del Señor. El Padre nuestro es parte integrante de la Liturgia de las Horas.

“PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO”


¿Por qué podemos acercarnos al Padre con plena confianza?
(CEC 2777-2778; 2797)

Podemos acercarnos al Padre con plena confianza, porque Jesús, nuestro Redentor, nos introduce en la presencia del Padre, y su Espíritu hace de nosotros hijos de Dios. Por ello, podemos rezar el Padre nuestro con confianza sencilla y filial, gozosa seguridad y humilde audacia, con la certeza de ser amados y escuchados.

¿Cómo es posible invocar a Dios como “Padre”? (CEC2779-2785; 2789; 2798-2800)

Podemos invocar a Dios como “Padre”, porque el Hijo de Dios hecho hombre nos lo ha revelado, y su Espíritu nos lo hace conocer. La invocación del Padre nos hace entrar en su misterio con asombro siempre nuevo, y despierta en nosotros el deseo de un comportamiento filial. Por consiguiente, con la oración del Señor, somos conscientes de ser hijos del Padre en el Hijo.

¿Por qué decimos Padre “nuestro”? (CEC 2786-2790; 2801)

“Nuestro” expresa una relación con Dios totalmente nueva. Cuando oramos al Padre, lo adoramos y lo glorificamos con el Hijo y el Espíritu. En Cristo, nosotros somos su pueblo, y Él es nuestro Dios, ahora y por siempre. Decimos, de hecho, Padre “nuestro”, porque la Iglesia de Cristo es la comunión de una multitud de hermanos, que tienen “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4, 32).

¿Con qué espíritu de comunión y de misión nos dirigimos a Dios como Padre “nuestro”? (CEC 2791-2793; 2801)

Dado que el Padre nuestro es un bien común de los bautizados, éstos sienten la urgente llamada a participar en la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos. Rezar el Padre nuestro es orar con todos los hombres y en favor de la entera humanidad, a fin de que todos conozcan al único y verdadero Dios y se reúnan en la unidad.

¿Qué significa la expresión “que estás en el cielo”? (CEC 2794-2796; 2802)

La expresión bíblica “cielo” no indica un lugar sino un modo de ser: Dios está más allá y por encima de todo; la expresión designa la majestad, la santidad de Dios, y también su presencia en el corazón de los justos. El cielo, o la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia la que tendemos en la esperanza, mientras nos encontramos aún en la tierra. Vivimos ya en esta patria, donde nuestra “vida está oculta con Cristo en Dios” (Col 3, 3).


(Continua en Padre Nuestro -Original en Arameo- (Parte II))

La gracia (Parte II)

(Viene de La Gracia (ParteI))
Gracias sacramentales: 
Son las gracias específicas de cada Sacramento. Por ejemplo, en la Confesión la fuerza para evitar los pecados que confesamos. En la Confirmación: la fuerza para ser portadores del mensaje de Cristo.

Gracias de estado: 
Las específicas para cumplir las funciones a las que Dios nos ha llamado. Por ejemplo: los profesores para enseñar, los alumnos para estudiar, los padres de familia para educar a sus hijos.

¿Qué diferencia hay entre Gracia de estado y estado de Gracia?
Hay que vivir en estado de Gracia: mantener, cuidar y aumentar la vida de Dios en nuestra alma. Quien peca mortalmente pierde el estado de Gracia. Quien vive pecando venialmente, debilita el estado de Gracia y corre el riesgo de debilitarlo tanto que lo pierde con un pecado mortal.

Pero ¿por qué creen ustedes que es tan importante mantenerse en estado de Gracia y hacer crecer la Vida de Dios en uno?Tenemos que recordar para qué fuimos creados. No fuimos creados para esta vida aquí en la tierra. Esto es un paso. Lo importante es lo que nos espera allá.

¿Qué creen ustedes que sucede después de la muerte? ¿Se acaba todo?
El cuerpo se descompone, pues está sin vida, al separase el alma de éste en el momento de la muerte. Pero el alma, que no muere, pues es inmortal, es juzgada en el mismo momento de ocurrir la muerte, en lo que se llama el juicio particular. Es como una radiografía instantánea de la vida de la persona, por la cual el alma sabe, reconoce sin duda alguna y acepta sin oponerse, qué destino le corresponde: Cielo, Infierno o Purgatorio.

¿Qué es el Cielo?
El Cielo es el fin para la cual fuimos creados, pues Dios desea comunicarnos su completa y perfecta felicidad. Y esa felicidad no es sólo plena, sino además es eterna, es decir, para siempre.
Es imposible describir el Cielo con nuestra mente y palabras limitadas. Hasta San Pablo, quien según sus escritos pudo vislumbrar el Cielo, nos dice que “oyó palabras que no se pueden decir: cosas que el hombre no sabría expresar ... ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano puede imaginar lo que tiene Dios preparado para aquéllos que le aman” (2a. Cor.12, 2-4 y 1a. Cor. 2,9).

¿Qué es el Purgatorio?
Es un estado de purificación, porque para llegar al Cielo hay que estar totalmente purificado de todo pecado y de toda mancha dejada por el pecado.
El Purgatorio es como aquella agua con cloro en que ponemos una ropa blanca que ya está limpia, pero que tiene una mancha que no sale. Así son las manchas dejadas por el pecado, aún por el pecado confesado. Puede compararse también al relleno que hay que hacerle a una pared después de extraerle un clavo. El clavo (el pecado) ya no está, pero dejó una marca que hay que tapar. De las opciones que tenemos para después de la muerte, el Purgatorio es la única que no es eterna. Las almas que llegan al Purgatorio están ya salvadas, permanecen allí el tiempo necesario para ser purificadas totalmente. El Purgatorio es un dogma de fe, es decir, de obligatoria creencia por parte de todo cristiano. Pero no es un invento: a pesar de no aparecer la palabra “purgatorio” en la Biblia, la realidad de lo que significa este término está bien expresada en la Palabra de Dios. Por ejemplo, en 2 Macabeos 12, 41-40. Además, es un regalo de la misericordia grandísima de Dios.

Imaginemos por un momento si fuera cierto lo que creen la mayoría de los hermanos Protestantes: que las únicas dos opciones son sólo Cielo o Infierno.

¿Quién se salvaría?
Las almas que llegan al Purgatorio ya están salvadas: no pueden ir al Infierno. La única opción posterior que tienen es el Cielo.
Sin embargo, la purificación en el Purgatorio es “dolorosa”. La Biblia nos habla también de “fuego” al referirse a esta etapa de purificación. “La obra de cada uno vendrá a descubrirse. El día del Juicio la dará a conocer ... El fuego probará la obra de cada cual... se salvará, pero como quien pasa por fuego” (1a. Cor. 2, 13-15). Tal vez la pena más dolorosa de la etapa de purgatorio sea la tardanza en poder disfrutar de la gloria de Dios. En el momento en que el alma se separa del cuerpo y se desprende de los lazos de la tierra se siente irresistiblemente atraída por el Amor Infinito de Dios. Por consiguiente, el retraso en poder gozar de la “Visión Beatífica” causa un dolor incomparable a cualquier dolor de la tierra.

¿Qué es el Infierno?
Del Infierno casi no se habla. Hay errores graves muy difundidos: unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno, pero olvidándose de que también es infinitamente justo y que los seres humanos somos grandes pecadores. Se olvidan también que el mismo Jesucristo nos habló en varias ocasiones sobre la posibilidad que tenemos de condenarnos y que El mismo describió cómo es el Infierno. “Los malvados... los arrojará en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt. 13, 42). “Y a ese servidor inútil échenlo en la oscuridad de allá afuera: allí habrá llanto y desesperación” (Mt.25,30). “Malditos: aléjense de Mí, al fuego eterno” (Mt. 25, 41). De hecho, el Infierno es de creencia obligatoria para los Católicos. Es de los dogmas de fe que presenta mayor número de textos de la Sagrada Escritura. Allí aparece con diferentes nombres (abismo, horno de fuego, fuego eterno, lugar de tormentos, lugar de tinieblas , gehena, muerte segunda, fuego inextinguible, etc.).
La más horrenda de las penas del Infierno es la pérdida definitiva y para siempre del fin para el cual hemos sido creados los seres humanos: la posesión y el gozo de Dios, viéndolo “cara a cara".

¿Cómo puede alguien condenarse?
La Voluntad de Dios es que todos los hombres lleguen a disfrutar de la Visión Beatífica. Dios no predestina a nadie al Infierno. Para que alguien se condene es necesario que tenga un alejamiento voluntario de Dios o una aversión voluntaria a El, un enfrentamiento o una rebeldía contra El y, además, que persista en esa actitud hasta el momento de la muerte (cfr. CIC #1037). Hemos nacido y vivimos en esta tierra para pasar de esta vida a la eternidad. Y allí habrá o “Vida Eterna” en el Cielo, al que podemos llegar directamente o pasando antes por un tiempo de purificación en el Purgatorio ... o habrá “muerte eterna” en el Infierno.

¿Además del Juicio Particular, habrá otro juicio?
Sí. El momento de la Segunda Venida de Cristo, todos resucitaremos, y tendrá lugar el llamado Juicio Final o Juicio Universal. (cf. Mt. 25, 31-46) Por ello cada vez que rezamos el Credo recordamos este artículo de fe cristiana: “(Jesucristo) vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin”. El Juicio Final será la ratificación de la sentencia del Juicio Particular: los condenados seguirán en el Infierno, ahora, en cuerpo y alma. Lo mismo los salvados: seguirán en el Cielo, ahora en cuerpos gloriosos (resucitados). ¿Y los que están en el Purgatorio? Ya resucitados, pasarán al Cielo gloriosos en cuerpo y alma.

¿Qué sucederá después de la resurrección y del Juicio Universal?
El día del Juicio Final cerrará la existencia como la conocemos, cambiará todo totalmente. Ya no habrá más Purgatorio, pues la etapa de purificación habrá culminado y los purificados pasarán al Cielo, a la Jerusalén Celestial. Entonces habrá solamente Cielo para los salvados e Infierno para los condenados.
La Sagrada Escritura nos habla de “cielos nuevos y tierra nueva” y de “Jerusalén Celestial” (Ap. 21). El mundo actual como lo conocemos será profundamente purificado, transformado y renovado. Los cielos nuevos y tierra nueva estarán adaptados, en forma desconocida e inimaginable para nosotros, a nuestro nuevo estado de personas resucitadas en cuerpo y alma gloriosos, quienes viviremos en este nuevo estado para el resto del tiempo. Y el “resto del tiempo” será también transformado, pues ya no habrá tiempo, sino eternidad.
En la Vida Eterna en la Jerusalén Celestial moraremos con Dios y en Dios, y Dios morará con nosotros, en lo que será la felicidad perfecta y eterna... para siempre, siempre, siempre.

LA GRACIA (Parte I)

¿Además del cuerpo, de qué otras cosas está dotado el ser humano?
Los seres humanos tenemos una vida corporal y una vida espiritual: estamos dotados de cuerpo y alma.

¿Qué es el alma?
Los seres humanos pensamos y podemos tomar decisiones. Eso es el alma: entendimiento para pensar y voluntad dotada de libertad para optar por una cosa u otra, y por el bien o por el mal.

Pero los seres humanos tenemos la posibilidad de tener una vida que nos eleva aún más. ¿Cuál es esa vida?
Es la Vida de Dios en nosotros. Eso se llama Gracia. Así que, siguiendo a San Pablo (1 Ts. 5, 23) y para entender mejor lo que vamos a tratar, la Gracia, vamos a distinguir en el ser humano: cuerpo, alma y espíritu:
Cuerpo: lo físico
Alma: entendimiento y voluntad.
Espíritu: la Vida de Dios en la persona.

¿Cuándo se pierde la vida del cuerpo?
Cuando la persona muere. ¿Qué muere el cuerpo, el alma o ambos? Muere el cuerpo. El alma no muere, porque es inmortal. El alma continúa viviendo, en espera de reunirse con el cuerpo en la resurrección final.

Pero … ¿cuándo se pierde la Vida Espiritual, la Vida de Dios, la Gracia?
Al pecar gravemente, al cometer un pecado mortal, se muere la vida espiritual, se pierde la gracia, perdemos la Vida de Dios.

¿Alguien recuerda una parábola de Jesús sobre la Vid y las ramas?
Cita y texto:
Jn. 15, 5-6“Yo soy la vid y ustedes las ramas. El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, pero sin Mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en Mí lo tiran y se seca, como a las ramas, que las amontonan, se echan al fuego y se queman”.
Nosotros vivimos en la ciudad, pero aún en los apartamentos, podemos ver las plantas en las jardineras y en los potes.

¿Qué sucede a las hojas y ramas que están separadas de la planta, del tallo?
Se secan, se mueren y las echan fuera. Pero las hojas que permanecen unidas al tallo, siguen con vida. A eso se refiere en Señor cuando dice que tenemos que permanecer en El, pues sin El nada podemos hacer. Un alma que se separa de Dios por el pecado mortal es como esa rama o esa hoja que se separa de su mata. Esas hojas y ramas secas no tienen remedio: ya no se pueden volver a pegar a la planta.

¿Y nosotros? ¿Tenemos remedio una vez separados del tronco que es Cristo? ¿Cuál es nuestro remedio?

El arrepentimiento (¡mejor el arrepentimiento perfecto!) de nuestros pecados y la Confesión.

Vamos a tratar de dar una definición de lo que es la Gracia:


La Gracia Santificante.
La Gracia es la Vida de Dios en el alma de un ser humano. Es la ayuda sobrenatural y gratuita que Dios nos da para poder llegar a El en el Cielo, para gozar de esa felicidad eterna para lo cual nos creó. Esto significa que: la Gracia es un don, un regalo, y como tal, no lo merecemos. La Gracia tiene una finalidad sobrenatural, que es el obtener la felicidad eterna en el Cielo. ¿Cuándo recibimos la Gracia Santificante? En el Bautismo.

¿Debemos quedarnos sólo con la cantidad de Gracia que recibimos en nuestro Bautismo?
La Gracia recibida en el Bautismo debe aumentarse siempre, porque quien no avanza se estanca y termina por retroceder en la Vida de la Gracia.

¿Cómo se aumenta la Gracia Santificante?
  • Directamente: Con los Sacramentos: Confesión y Comunión.
  • Indirectamente, disponiéndonos a recibirla y según esa disposición: Con la oración. Con la lectura y reflexión de la Palabrade Dios. Con la aceptación cristiana del sufrimiento. Con las buenas obras. Amor a Dios: Dios primero que todo. Amor al prójimo: ayudarlo, servirlo, perdonarlo. Estudio de las cosas de Dios. Evangelizando: llevando el mensaje de Cristo.
¿Cómo disminuye la Gracia Santificante?
Con los pecado veniales se debilita la Gracia.

¿Cómo se pierde la Gracia Santificante?
Con el pecado mortal, el cual expulsa a Dios de nuestra alma y nos separamos de El.

¿Cómo se restaura la Gracia Santificante?
Con la Confesión, comenzando con el arrepentimiento, pero cumpliendo las otras condiciones de la Confesión.
¿Cuáles son? Examen de conciencia, arrepentimiento, propósito de enmienda, confesión y cumplir la penitencia.

(Continúa en La gracia (Parte II))

La espera y la confianza en Dios. (y su Justicia)

...Gran parte de la vida de un Cristiano.
Discutía con alguien sobre si Dios catigaba o no y me puse a buscar en la Biblia (porque parace que si no viene de ahi no srve nada de lo que digas) ejemplos al respecto. Encontré algo muy interesante en esa búsqueda que puede servir como ejemplo ante situaciones en las que la "bronca" nos domina por no ser responsables de ciertas situaciones de nuestra vida, que exceden nuestro control y que NADA podemos hacer para cambiarlo. Para variar, David (figura del creyente Cristiano) nos tiene cositas en el Salmo 37 que, espero, me ayuden a ejemplificar. Y dice:

Confía en el Señor y practica el bien;
habita en la tierra y vive tranquilo:
que el Señor sea tu único deleite,
y él colmará los deseos de tu corazón.

Encomienda tu suerte al Señor,
confía en él, y él hará su obra;
hará brillar TU justicia como el sol
y TU derecho, como la luz del mediodía.

Descansa en el Señor y espera en Él;
no te exasperes por el hombre que triunfa,
ni por el que se vale de la astucia
para derribar al pobre y al humilde.

DOMINA TU ENOJO, REPRIME TU IRA;
NO TE EXASPERES, NO SEA QUE OBRES MAL:
porque los impíos serán aniquilados,
y los que esperan al Señor, poseerán la tierra.

[...] El malvado urde intrigas contra el justo,
y al verlo, rechinan sus dientes;
pero el Señor se burla de él,
sabiendo que se le acerca la hora.

[...]El Señor se preocupa de los buenos
y su herencia permanecerá para siempre;
no desfallecerán en los momentos de penuria,
y en tiempos de hambre quedarán saciados.

[...] El Señor asegura los pasos del hombre
en cuyo camino se complace:
aunque caiga no quedará postrado,
porque el Señor lo lleva de la mano.

Yo fui joven, ahora soy viejo,
y nunca vi a un justo abandonado,
ni a sus hijos mendigando el pan;
Él presta siempre con generosidad
y su descendencia será bendecida.

Aléjate del mal, practica el bien,
y siempre tendrás una morada,
porque el Señor ama la justicia
y nunca abandona a sus fieles.

[...]EL MALVADO ESTÁ AL ACECHO DEL JUSTO
CON LA INTENCIÓN DE MATARLO,
pero el Señor NO LO ABANDONA EN SUS MANOS
ni deja que lo condenen en el juicio.

[...]Observa al inocente, fíjate en el bueno:
el que busca la paz tendrá una descendencia;
pero los pecadores serán aniquilados
y su descendencia quedará extirpada.[...]

El estilo del Salmo es sentencioso, eso es claro, pero por mas allá de eso y el regocijo en los hijos de Dios que anhelan justicia, me gustaría resaltar ante todo que la obra de Dios es por medio de la fe y por esa fe DEBEMOS tener confianza que somos hijos de un Dios vivo que creo todo el universo y que dio a SU hijo Jesus en la cruz para que fuéramos salvos. Cómo no vamos a creer y confiar en Él, cuando su misericordia es garantizada y su justicia perfecta.

Encomendar al Señor nuestro camino es muy importante, no solo para glorificarnos en su justicia sino para alabarle en su sabiduría. Una vez que hemos puesto en las manos de Dios todos nuestros deseos e ilusiones, debemos ORAR para que Él nos prepare a recibir la bendición o deseo que estamos pidiendo.
Todos los días debemos pedir que nos ayude, nos de sabiduría e inteligencia para mantenernos en su camino y en su palabra.
Hay una parte de este Salmo que me deja pensando mucho y es cuando declara "Descansa en el Señor y espera en Él" y es porque descansar implica algo que es muy dificil: SILENCIO, INTIMIDAD y TRANQUILIDAD, lo cual es muy dificil cuando se está perturbado por algo, ya que lo primero es perder la tranquilidad (conditio sine qua non) llenando de "gritos" (pensamientos) todo nuestro propio ser haciéndonos perder, en consecuencia, nuestra intimidad con el Señor.
Guardar silencio y esperar en Él con paciencia es la parte más dificil de todas, más cuando pasan los meses, los años y no hay frutos de nuestros pedidos en oración.

Un gran maestro y profesor me dijo una vez:

"El esperar es una advertencia de protección."

Cuando el Señor te dice ESPERA es por que quiere enseñarnos una lección importante antes de que obtengamos lo que queremos.
Hay algo FUNDAMENTAL en todo lo relacionado con nuestro Padre y nuestra voluntad que es el ORAR; que NUNCA, JAMÁS nos falte esto. Sino NADA de lo que podamos alcanzar será de riqueza espiritual para nosotros.

Si pasamos la prueba de fuego de esperar confiados en el Señor y sin enojarnos, Dios no solo nos va a dar lo que quisimos, sino muchas cosas más y mejores.
Escrito está que no quiere lo mas simple para sus hijos, quiere darnos lo mejor pero solo si confiamos en Él, hacemos el bien (su voluntad), deleitándonos y sobrándonos con su palabra.

En definitiva, encomendando a Él nuestro camino, guardando silencio y esperando
en confianza.

La súplica a Dios

El texto 1 Sam 1 muestra que el pueblo de Israel necesita volverse al Señor, salir de su esterilidad traducida en decadencia social, política y religiosa para hacerse de nuevo fecundo, acogiendo el proyecto de vida que Dios tiene para él. Vamos a mirar atentamente a Ana, esposa preferida de Elcaná; también fijar la atención en él, hombre justo, piadoso, cumplidor de las prescripciones de la Ley. Contemplarla permite entrar en un modelo de suplicación, que luego se transformará en alabanza y acción de gracias. 
••• 
Como introducción al texto mencionado de 1 Sam 1 y previo al análisis breve, propongo un texto de Moisés de León (1250-1305), gran místico judío, que ofrece un bello texto que puede iluminar esta reflexión: 
La Torah sabe que quien tiene un corazón sabio frecuenta su casa. ¿Y qué hace? Desde dentro del palacio le muestra su rostro y su belleza, pero en seguida vuelve a su aposento y se esconde de nuevo. Sólo él la ve, y su corazón, su alma y todo su ser se sienten seducidos por ella. Así pues, la Torah se revela y esconde a la vez y está ebria de amor por el amado mientras suscita amor dentro de él. Ven y mira, esta es la senda de la Tora. 
[Zohar, Libro del Esplendor] 

1 Samuel 
Elcaná subía de año en año desde su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios a Yahveh Sebaot en Silo. El día en que Elcaná sacrificaba, daba sendas porciones a su mujer Peniná y a cada uno de sus hijos e hijas, pero a Ana le daba solamente una porción, pues aunque era su preferida, Yahveh había cerrado su seno. Su rival la zahería y vejaba de continuo, porque Yahveh la había hecho estéril. Así sucedía año tras año; Ana lloraba de continuo y no quería comer. Elcaná su marido le decía: «Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿Es que no soy para ti mejor que diez hijos?» Pero después que hubieron comido en la habitación, se levantó Ana y se puso ante Yahveh. Estaba ella llena de amargura y oró a Yahveh llorando sin consuelo, e hizo este voto: «¡Oh Yahveh Sebaot! Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y acordarte de mí, no olvidarte de tu sierva y darle un hijo varón, yo lo entregaré a Yahveh por todos los días de su vida y la navaja no tocará su cabeza». Como ella prolongase su oración ante Yahveh mientras rezaba y rezaba al Señor, el sacerdote Elí observaba sus labios. Y como Ana oraba en silencio, y no se oía su voz aunque movía los labios, Elí la creyó borracha y le dijo: «¿Hasta cuándo va a durar tu embriaguez?» Ana le respondió: «No, señor; soy una mujer acongojada; que desahogo mi alma ante Yahveh». Elí le respondió: «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido». Ella dijo: «Que tu sierva halle gracia a tus ojos». Se fue la mujer por su camino, comió y no pareció ya la misma. Se levantaron de mañana y, después de haberse postrado ante Yahveh, regresaron, volviendo a su casa, en Ramá. Elcaná se unió a su mujer Ana y Yahveh se acordó de ella. Concibió Ana y llegado el tiempo dio a luz un niño a quien llamó Samuel, «porque, dijo, se lo he pedido a Yahveh». Cuando lo hubo destetado, lo subió consigo, llevando además un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino, e hizo entrar en la casa de Yahveh, en Silo, al niño todavía muy pequeño. Inmolaron el novillo y llevaron el niño a Elí y ella dijo: «Óyeme, señor. Por tu vida, señor, yo soy la mujer que estuvo aquí junto a ti, orando a Yahveh». Este niño pedía yo y Yahveh me ha concedido la petición que le hice. Ahora yo se lo cedo a Yahveh por todos los días de su vida; está cedido a Yahveh». Y le dejó allí, a Yahveh
Esta es la escena inaugural de los libros de Samuel. Una mujer despreciada, acongojada, triste, estéril, pide la vida. Ana con su esposo sube cada año en peregrinación al templo de Silo para ofrecer sacrificios. Peregrina con regularidad, peregrina para encontrar al Señor con el pueblo que marcha hacia el santuario. En el templo Ana es huésped de Dios a quien habla. Allí vive momentos esenciales. En Silo tiene lugar el doble encuentro de Ana, que escucha las palabras de amor de su marido: ¿Acaso no valgo para ti más que diez hijos? Y que habla a Yahveh: Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y acordarte de mí, no te olvidas de tu sierva y le das un hijo varón, yo lo entregaré a Yahveh por todos los días de su vida. 

Ana, dolorida y agobiada se rinde por completo a la confianza en Dios. Su corazón se derrama en lágrimas y gemidos silenciosos: Si he estado hablado hasta ahora, ha sido por pura congoja y aflicción. A menudo la aflicción abre a la interiorización y establece relaciones nuevas con los otros, con el Otro. Esta mujer descubre nuevos matices, más hondos, en su escucha a su marido y en su palabra de llanto y silencio, se encuentra con su Dios a quien presenta su dolor en suplicación esperanzada. Orar implica entrar en nuestro interior, hacer silencio, disponernos al encuentro, comunicarnos. Ana desea la vida y la pide a Dios; la pide con una amplitud que sobrepasa lo esperado. Ella quiere un hijo, una descendencia, no para ella ni para rivalizar con Peniná, sino para entregarlo a Dios. Samuel “pedido a Dios”, don de Dios, de nuevo es dado a Dios. La maternidad biológica es una experiencia de fecundidad venida de Dios. Ana “agraciada” será una estéril que da a luz a profusión, como lo reconoce en su cántico (1 Sam 2, 5), una mujer cuya esterilidad se hace fecunda con amplitud: Ana dio a luz tres hijos y dos hijas y el niño Samuel seguía creciendo ante el Señor (1 Sam 2, 20-21). 

Al salir del santuario Ana es otra: Se fue la mujer por su camino, comió y no pareció ya la misma. El desahogo ante Dios, la seguridad en El, transforma la vida. Yo me alegro en Ti de corazón…, estoy alegre, proclama en su cántico (1 Sam 2,1). Ahora Ana es distinta, camina erguida, levanta los ojos, marcha hacia su casa. 
Ana se pone de pie para aclamar a Dios: Mi corazón se regocija por el Señor, mi frente se levanta gracias al Señor (1 Sam 2,1). La súplica conduce a la alabanza. Alabanza y bendición al Señor porque es grande, porque su amor es eterno, porque escucha los gritos de los pobres, porque humilla y enaltece, porque es roca, baluarte, fortaleza. Porque perdona, consuela, anima, envía… 

Esta mujer anuncia tiempos nuevos. Subraya en su cántico luminoso (1 Sam 2,1-10) hasta qué punto Dios está en el origen de toda vida. La fecundidad de Ana se continúa de otras maneras. Lo que Ana encarna en su tiempo se desarrolla ampliamente. En el último versículo del cántico anuncia al ungido, al Mesías del Señor (1 Sam 2,10). Su cántico habrá de resonar en el cántico de María, el Magníficat, cuando visitó a su pariente Isabel. 

Que acogiendo el don de Dios al orar con su Palabra se realice lo que el profeta Jeremías experimentó: Tu Palabra me ha hecho profundamente feliz (Jr 15,16).