1 Corintios 1,10

"Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio."
1 Corintios 1,10
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Cristianismo

El Cristianismo es la religión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.
Los cristianos —discípulos de Cristo— se incorporan por el bautismo a la comunidad visible de salvación, que recibe el nombre de Iglesia.

¿Qué entendemos por Cristianismo?

Entendemos por Cristianismo la religión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. La persona y las enseñanzas de Jesús son las bases sobre las que se asienta la religión cristiana. Los cristianos consideran a Jesucristo su Redentor y su Maestro: le reconocen como su Dios y Señor y se adhieren a su doctrina.En una hora precisa del tiempo y en lugar determinado de la tierra, el Hijo de Dios se hizo hombre e irrumpió en la historia humana.
El lugar de nacimiento de Jesús fue Belén de Judá; la hora, cuando reinaba en Judea Herodes el Grande y Quirino era gobernador de Siria, bajo la autoridad suprema del emperador de Roma, César Augusto (cfr. Mt II, 1; Le II, 1-2).
La vida de Cristo entre los hombres se prolongó hasta otro momento de la historia, bien preciso también: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo tuvieron lugar en Jerusalén, a partir del día 14 del mes de Nisán del año 30 de la Era cristiana. Caifás desempeñaba el cargo de Sumo Sacerdote, gobernaba Judea el «procurador» Poncio Pilato y reinaba en Roma el emperador Tiberio.

Conocer a Jesucristo

Jesucristo se presentó a sí mismo como el Cristo, el Mesías anunciado por los Profetas y esperado ansiosamente por el Pueblo de Israel. En Cesárea de Filipo, ante la diversidad de opiniones que corrían sobre su persona, el Señor preguntó a los Apóstoles:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
La respuesta de Pedro fue rotunda: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».
Jesús no sólo no enmendó en un ápice estas palabras, sino que las confirmó de modo inequívoco: «No te han revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos» (cfr. Mt XVI, 13-17).

En la noche de la Pasión, ante los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín, Jesús declararía abiertamente que era el Hijo de Dios, el Mesías. A la solemne pregunta del Sumo Sacerdote, la suprema autoridad religiosa de Israel: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?», Jesús respondió: «Yo soy» (Me XIV, 61-62).
«Vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (lo I, 10). Estas palabras del capítulo primero del Evangelio de San Juan anuncian el drama del rechazo del Salvador por parte del Pueblo elegido. Dominaba en éste por aquel tiempo una concepción político-nacional acerca del esperado Mesías, al que se consideraba como un caudillo terrenal que habría de libertar la nación del yugo de los opresores romanos y restaurar en todo su esplendor el Reino de Israel.
Jesús no respondía a esta imagen, porque su Reino no era de este mundo (cfr. lo XVIII, 36).
Por eso no fue reconocido, sino rechazado por los jefes del pueblo y condenado a morir en la Cruz.

Los milagros obrados por Jesús durante los años de su vida pública constituyen el refrendo de su Mesianidad y confirmaron la doctrina que anunciaba. Esas razones, unidas a la personalidad incomparable del Señor, motivaron decisivamente la adhesión de sus discípulos, y en primer término de los doce Apóstoles. Una adhesión todavía defectuosa al principio, por parte de hombres que compartían muchos de los prejuicios de sus contemporáneos; unos hombres cuya mentalidad les hacía difícil comprender la verdadera naturaleza de la misión redentora de Jesús, lo que explica el tremendo desconcierto que les causó la Pasión y Muerte de su Maestro.

La Resurrección de Jesucristo es el dogma central del Cristianismo y constituye la prueba decisiva de la verdad de su doctrina. «Si Cristo no resucitó —escribió San Pablo—, vana es nuestra predicación y vana es vuestra fe» (I Cor XV, 14).
La realidad de la Resurrección —tan lejos de las expectativas de los Apóstoles y los discípulos— se les impuso a éstos con el argumento irrebatible de la evidencia: «pero Cristo ha resucitado y ha venido a ser como las primicias de los difuntos» (I Cor XV, 20; cfr. Le XXIV, 27-44; lo XX, 24-28).
Desde entonces los Apóstoles se presentarían a sí mismos como «testigos» de Jesucristo resucitado
(cfr. Act II, 22; III, 15), lo anunciarían por el mundo entero y resellarían su testimonio con la propia sangre.

Los discípulos de Jesucristo reconocieron su divinidad, creyeron en la eficacia redentora de su Muerte y recibieron la plenitud de la Revelación, transmitida por el Maestro y recogida por la Escritura y la Tradición.


El nacimiento de la Iglesia

Pero Jesucristo no sólo fundó una religión —el Cristianismo—, sino también una Iglesia. La Iglesia —el nuevo Pueblo de Dios— fue constituida bajo la forma de una comunidad visible de salvación, a la que se incorporan los hombres por el bautismo. La Iglesia está cimentada sobre el Apóstol Pedro, a quien Cristo prometió el Primado —«y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt XVI, 18)— y se lo confirmó y confirió después de la Resurrección: «apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas» (cfr. lo XXI, 15-17).
La Iglesia de Jesucristo existirá hasta el fin de los tiempos, mientras perdure el mundo y haya hombres sobre la tierra: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt XVI, 18).
La constitución de la Iglesia se consumó el día de Pentecostés, y a partir de entonces comienza propiamente su historia.

Fuente: José Orlandis
(Historia de la Iglesia)

La gracia (Parte II)

(Viene de La Gracia (ParteI))
Gracias sacramentales: 
Son las gracias específicas de cada Sacramento. Por ejemplo, en la Confesión la fuerza para evitar los pecados que confesamos. En la Confirmación: la fuerza para ser portadores del mensaje de Cristo.

Gracias de estado: 
Las específicas para cumplir las funciones a las que Dios nos ha llamado. Por ejemplo: los profesores para enseñar, los alumnos para estudiar, los padres de familia para educar a sus hijos.

¿Qué diferencia hay entre Gracia de estado y estado de Gracia?
Hay que vivir en estado de Gracia: mantener, cuidar y aumentar la vida de Dios en nuestra alma. Quien peca mortalmente pierde el estado de Gracia. Quien vive pecando venialmente, debilita el estado de Gracia y corre el riesgo de debilitarlo tanto que lo pierde con un pecado mortal.

Pero ¿por qué creen ustedes que es tan importante mantenerse en estado de Gracia y hacer crecer la Vida de Dios en uno?Tenemos que recordar para qué fuimos creados. No fuimos creados para esta vida aquí en la tierra. Esto es un paso. Lo importante es lo que nos espera allá.

¿Qué creen ustedes que sucede después de la muerte? ¿Se acaba todo?
El cuerpo se descompone, pues está sin vida, al separase el alma de éste en el momento de la muerte. Pero el alma, que no muere, pues es inmortal, es juzgada en el mismo momento de ocurrir la muerte, en lo que se llama el juicio particular. Es como una radiografía instantánea de la vida de la persona, por la cual el alma sabe, reconoce sin duda alguna y acepta sin oponerse, qué destino le corresponde: Cielo, Infierno o Purgatorio.

¿Qué es el Cielo?
El Cielo es el fin para la cual fuimos creados, pues Dios desea comunicarnos su completa y perfecta felicidad. Y esa felicidad no es sólo plena, sino además es eterna, es decir, para siempre.
Es imposible describir el Cielo con nuestra mente y palabras limitadas. Hasta San Pablo, quien según sus escritos pudo vislumbrar el Cielo, nos dice que “oyó palabras que no se pueden decir: cosas que el hombre no sabría expresar ... ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano puede imaginar lo que tiene Dios preparado para aquéllos que le aman” (2a. Cor.12, 2-4 y 1a. Cor. 2,9).

¿Qué es el Purgatorio?
Es un estado de purificación, porque para llegar al Cielo hay que estar totalmente purificado de todo pecado y de toda mancha dejada por el pecado.
El Purgatorio es como aquella agua con cloro en que ponemos una ropa blanca que ya está limpia, pero que tiene una mancha que no sale. Así son las manchas dejadas por el pecado, aún por el pecado confesado. Puede compararse también al relleno que hay que hacerle a una pared después de extraerle un clavo. El clavo (el pecado) ya no está, pero dejó una marca que hay que tapar. De las opciones que tenemos para después de la muerte, el Purgatorio es la única que no es eterna. Las almas que llegan al Purgatorio están ya salvadas, permanecen allí el tiempo necesario para ser purificadas totalmente. El Purgatorio es un dogma de fe, es decir, de obligatoria creencia por parte de todo cristiano. Pero no es un invento: a pesar de no aparecer la palabra “purgatorio” en la Biblia, la realidad de lo que significa este término está bien expresada en la Palabra de Dios. Por ejemplo, en 2 Macabeos 12, 41-40. Además, es un regalo de la misericordia grandísima de Dios.

Imaginemos por un momento si fuera cierto lo que creen la mayoría de los hermanos Protestantes: que las únicas dos opciones son sólo Cielo o Infierno.

¿Quién se salvaría?
Las almas que llegan al Purgatorio ya están salvadas: no pueden ir al Infierno. La única opción posterior que tienen es el Cielo.
Sin embargo, la purificación en el Purgatorio es “dolorosa”. La Biblia nos habla también de “fuego” al referirse a esta etapa de purificación. “La obra de cada uno vendrá a descubrirse. El día del Juicio la dará a conocer ... El fuego probará la obra de cada cual... se salvará, pero como quien pasa por fuego” (1a. Cor. 2, 13-15). Tal vez la pena más dolorosa de la etapa de purgatorio sea la tardanza en poder disfrutar de la gloria de Dios. En el momento en que el alma se separa del cuerpo y se desprende de los lazos de la tierra se siente irresistiblemente atraída por el Amor Infinito de Dios. Por consiguiente, el retraso en poder gozar de la “Visión Beatífica” causa un dolor incomparable a cualquier dolor de la tierra.

¿Qué es el Infierno?
Del Infierno casi no se habla. Hay errores graves muy difundidos: unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno, pero olvidándose de que también es infinitamente justo y que los seres humanos somos grandes pecadores. Se olvidan también que el mismo Jesucristo nos habló en varias ocasiones sobre la posibilidad que tenemos de condenarnos y que El mismo describió cómo es el Infierno. “Los malvados... los arrojará en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt. 13, 42). “Y a ese servidor inútil échenlo en la oscuridad de allá afuera: allí habrá llanto y desesperación” (Mt.25,30). “Malditos: aléjense de Mí, al fuego eterno” (Mt. 25, 41). De hecho, el Infierno es de creencia obligatoria para los Católicos. Es de los dogmas de fe que presenta mayor número de textos de la Sagrada Escritura. Allí aparece con diferentes nombres (abismo, horno de fuego, fuego eterno, lugar de tormentos, lugar de tinieblas , gehena, muerte segunda, fuego inextinguible, etc.).
La más horrenda de las penas del Infierno es la pérdida definitiva y para siempre del fin para el cual hemos sido creados los seres humanos: la posesión y el gozo de Dios, viéndolo “cara a cara".

¿Cómo puede alguien condenarse?
La Voluntad de Dios es que todos los hombres lleguen a disfrutar de la Visión Beatífica. Dios no predestina a nadie al Infierno. Para que alguien se condene es necesario que tenga un alejamiento voluntario de Dios o una aversión voluntaria a El, un enfrentamiento o una rebeldía contra El y, además, que persista en esa actitud hasta el momento de la muerte (cfr. CIC #1037). Hemos nacido y vivimos en esta tierra para pasar de esta vida a la eternidad. Y allí habrá o “Vida Eterna” en el Cielo, al que podemos llegar directamente o pasando antes por un tiempo de purificación en el Purgatorio ... o habrá “muerte eterna” en el Infierno.

¿Además del Juicio Particular, habrá otro juicio?
Sí. El momento de la Segunda Venida de Cristo, todos resucitaremos, y tendrá lugar el llamado Juicio Final o Juicio Universal. (cf. Mt. 25, 31-46) Por ello cada vez que rezamos el Credo recordamos este artículo de fe cristiana: “(Jesucristo) vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin”. El Juicio Final será la ratificación de la sentencia del Juicio Particular: los condenados seguirán en el Infierno, ahora, en cuerpo y alma. Lo mismo los salvados: seguirán en el Cielo, ahora en cuerpos gloriosos (resucitados). ¿Y los que están en el Purgatorio? Ya resucitados, pasarán al Cielo gloriosos en cuerpo y alma.

¿Qué sucederá después de la resurrección y del Juicio Universal?
El día del Juicio Final cerrará la existencia como la conocemos, cambiará todo totalmente. Ya no habrá más Purgatorio, pues la etapa de purificación habrá culminado y los purificados pasarán al Cielo, a la Jerusalén Celestial. Entonces habrá solamente Cielo para los salvados e Infierno para los condenados.
La Sagrada Escritura nos habla de “cielos nuevos y tierra nueva” y de “Jerusalén Celestial” (Ap. 21). El mundo actual como lo conocemos será profundamente purificado, transformado y renovado. Los cielos nuevos y tierra nueva estarán adaptados, en forma desconocida e inimaginable para nosotros, a nuestro nuevo estado de personas resucitadas en cuerpo y alma gloriosos, quienes viviremos en este nuevo estado para el resto del tiempo. Y el “resto del tiempo” será también transformado, pues ya no habrá tiempo, sino eternidad.
En la Vida Eterna en la Jerusalén Celestial moraremos con Dios y en Dios, y Dios morará con nosotros, en lo que será la felicidad perfecta y eterna... para siempre, siempre, siempre.

LA GRACIA (Parte I)

¿Además del cuerpo, de qué otras cosas está dotado el ser humano?
Los seres humanos tenemos una vida corporal y una vida espiritual: estamos dotados de cuerpo y alma.

¿Qué es el alma?
Los seres humanos pensamos y podemos tomar decisiones. Eso es el alma: entendimiento para pensar y voluntad dotada de libertad para optar por una cosa u otra, y por el bien o por el mal.

Pero los seres humanos tenemos la posibilidad de tener una vida que nos eleva aún más. ¿Cuál es esa vida?
Es la Vida de Dios en nosotros. Eso se llama Gracia. Así que, siguiendo a San Pablo (1 Ts. 5, 23) y para entender mejor lo que vamos a tratar, la Gracia, vamos a distinguir en el ser humano: cuerpo, alma y espíritu:
Cuerpo: lo físico
Alma: entendimiento y voluntad.
Espíritu: la Vida de Dios en la persona.

¿Cuándo se pierde la vida del cuerpo?
Cuando la persona muere. ¿Qué muere el cuerpo, el alma o ambos? Muere el cuerpo. El alma no muere, porque es inmortal. El alma continúa viviendo, en espera de reunirse con el cuerpo en la resurrección final.

Pero … ¿cuándo se pierde la Vida Espiritual, la Vida de Dios, la Gracia?
Al pecar gravemente, al cometer un pecado mortal, se muere la vida espiritual, se pierde la gracia, perdemos la Vida de Dios.

¿Alguien recuerda una parábola de Jesús sobre la Vid y las ramas?
Cita y texto:
Jn. 15, 5-6“Yo soy la vid y ustedes las ramas. El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, pero sin Mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en Mí lo tiran y se seca, como a las ramas, que las amontonan, se echan al fuego y se queman”.
Nosotros vivimos en la ciudad, pero aún en los apartamentos, podemos ver las plantas en las jardineras y en los potes.

¿Qué sucede a las hojas y ramas que están separadas de la planta, del tallo?
Se secan, se mueren y las echan fuera. Pero las hojas que permanecen unidas al tallo, siguen con vida. A eso se refiere en Señor cuando dice que tenemos que permanecer en El, pues sin El nada podemos hacer. Un alma que se separa de Dios por el pecado mortal es como esa rama o esa hoja que se separa de su mata. Esas hojas y ramas secas no tienen remedio: ya no se pueden volver a pegar a la planta.

¿Y nosotros? ¿Tenemos remedio una vez separados del tronco que es Cristo? ¿Cuál es nuestro remedio?

El arrepentimiento (¡mejor el arrepentimiento perfecto!) de nuestros pecados y la Confesión.

Vamos a tratar de dar una definición de lo que es la Gracia:


La Gracia Santificante.
La Gracia es la Vida de Dios en el alma de un ser humano. Es la ayuda sobrenatural y gratuita que Dios nos da para poder llegar a El en el Cielo, para gozar de esa felicidad eterna para lo cual nos creó. Esto significa que: la Gracia es un don, un regalo, y como tal, no lo merecemos. La Gracia tiene una finalidad sobrenatural, que es el obtener la felicidad eterna en el Cielo. ¿Cuándo recibimos la Gracia Santificante? En el Bautismo.

¿Debemos quedarnos sólo con la cantidad de Gracia que recibimos en nuestro Bautismo?
La Gracia recibida en el Bautismo debe aumentarse siempre, porque quien no avanza se estanca y termina por retroceder en la Vida de la Gracia.

¿Cómo se aumenta la Gracia Santificante?
  • Directamente: Con los Sacramentos: Confesión y Comunión.
  • Indirectamente, disponiéndonos a recibirla y según esa disposición: Con la oración. Con la lectura y reflexión de la Palabrade Dios. Con la aceptación cristiana del sufrimiento. Con las buenas obras. Amor a Dios: Dios primero que todo. Amor al prójimo: ayudarlo, servirlo, perdonarlo. Estudio de las cosas de Dios. Evangelizando: llevando el mensaje de Cristo.
¿Cómo disminuye la Gracia Santificante?
Con los pecado veniales se debilita la Gracia.

¿Cómo se pierde la Gracia Santificante?
Con el pecado mortal, el cual expulsa a Dios de nuestra alma y nos separamos de El.

¿Cómo se restaura la Gracia Santificante?
Con la Confesión, comenzando con el arrepentimiento, pero cumpliendo las otras condiciones de la Confesión.
¿Cuáles son? Examen de conciencia, arrepentimiento, propósito de enmienda, confesión y cumplir la penitencia.

(Continúa en La gracia (Parte II))